Para Fahad, un apicultor local, estas colmenas son más que historia: son la vida misma. Fahad ha pasado décadas aprendiendo el delicado arte de la apicultura en la montaña de su padre y su abuelo. Cada mañana, sube por los senderos rocosos para cuidar las colmenas, revisando cuidadosamente cada estructura de piedra, escuchando el suave zumbido de las abejas y recordando las lecciones de paciencia, cuidado y respeto por la naturaleza transmitidas de generación en generación.
Fahad suele decir a los visitantes que la miel es más que alimento. Es memoria y tradición, un vínculo con los antepasados que dependían de la tierra para sobrevivir. Al extraer un panal y probar la dulzura dorada, cierra los ojos e imagina a las familias que construyeron estas colmenas hace siglos, preguntándose si alguna vez imaginaron que su trabajo seguiría alimentando a las personas hoy.
Los vientos de la montaña llevan el aroma de las flores silvestres, y el zumbido de las abejas es el único sonido durante millas. Caminando con Fahad, se siente la fragilidad y la resistencia de la vida entrelazadas: cómo los humanos y la naturaleza pueden coexistir, cómo las habilidades transmitidas de generación en generación preservan no solo la supervivencia, sino también la cultura misma.
Para Fahad, las antiguas colmenas son un recordatorio de que el patrimonio no está solo en ruinas o piedras, sino en las manos, los corazones y el conocimiento de las personas que lo protegen. Cada visitante que se va se lleva no solo miel, sino una historia de valor, cuidado y conexión con una tierra que ha sostenido la vida durante siglos.
Visitar las antiguas colmenas de Maysan es más que hacer turismo. Es adentrarse en vidas moldeadas por la paciencia, el amor y la resiliencia, y marcharse con la certeza de que las tradiciones humanas, como la miel, pueden perdurar mil años y más.