Una mañana, Salim guiaba a un pequeño grupo de visitantes cuando una ráfaga de viento repentina recorrió los acantilados. Uno de los turistas resbaló cerca de un estrecho saliente. En ese instante, el corazón de Salim se aceleró. Sin pensar, agarró la mano de la persona, estabilizándola justo a tiempo. Sus manos temblaban y el pecho le latía con fuerza, pero mantuvo la voz tranquila, recordándole al grupo que se mantuvieran cerca.
Más tarde, cuando todos estaban a salvo, Salim miró el horizonte interminable. El viento no solo había puesto a prueba a sus visitantes, sino que le había recordado su propia infancia, cuando aprendió a confiar en los acantilados y en la guía de su padre. Pensó en las generaciones que habían caminado por estos senderos antes que él, llevando los mismos miedos y el orgullo que él sentía ahora.
Para Salim, el Confín del Mundo es más que una maravilla natural. Es un maestro de paciencia, coraje y responsabilidad. Cada roca, cada ráfaga de viento, cada sombra a lo largo del acantilado guarda una lección —y un recuerdo.
Visitar el Confín del Mundo con Salim no es solo hacer turismo. Es adentrarse en una historia humana de miedo, valentía y amor por la tierra —una historia que deja a los visitantes no solo asombrados por los acantilados, sino conmovidos por las personas que los conocen mejor.